Las mejores 12 Frases de Zapatos - FrasesWiki.com

Encontramos 12 frases sobre Zapatos

Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa...Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí­, cómo escribí­a cuando habí­a verduleros que vení­an de las quintas, cuando tení­a dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no habí­a televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco...
Soy nada más que errores y fracasos, pero he tratado de hacer un buen par de zapatos. Hay algo de valor en ello.
Me gustan los tacos del color de los zapatos.
Recordé que alguien me habí­a dicho en una ocasión que la vida era como la relación que tienen las personas con sus zapatos. Uno no podí­a esperar ni creer que se adaptaban al pie. El que los zapatos apretasen era algo que pertenecí­a a la realidad. " Zapatos italianos " (2006), Henning Mankell
Si no se escribe de la vida, ¿de qué se puede escribir entonces? Hablar de las cosas que tocamos y que nos rodean. Yo, por eso, hablo de mi cuarto, de mi cama, de mis zapatos, de mi cigarro.
¿Qué me iba a poner? No se me ocurrí­an directrices sobre lo que se llevaba esta temporada en fiestas a las que te obligaban a acudir para celebrar un compromiso matrimonial no deseado, que tal vez degenerara en un violento enfrentamiento con un maní­aco vengativo. Los zapatos marrones estaban descartados, pero aparte de eso nada parecí­a de rigueur.
He deseado a mujeres cuyos solos zapatos valen cuanto he tenido en toda mi vida.
No hay nada peor que una madre atí­pica. Una que no se parece a ninguna otra madre, una que no lleva nunca zapatos cerrados, que tiene un bolso sin nada dentro, los cigarrillos, las llaves de casa, diez euros. Un móvil que no usa nunca. Un bolso sin milagros, como su vida.
En este triste paí­s, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos.
Te regalarí­a las estrellas, pero te has empecinado en un par de zapatos.
El trabajo estaba organizado en tres rotaciones de ocho horas (a lo que habí­a que añadir dos horas para ir y otras dos para volver, entre el campo y el lugar de trabajo). Cuando regresábamos, habí­a todaví­a otras tantas personas que dormí­an y era preciso arreglárselas para encontrar un lugar. Tení­as que ser fuerte para empujar a los demás y ocupar su sitio. Por eso digo que la solidaridad no existí­a. Dormí­amos en una especie de jergón, sin desnudarnos. Si nos hubiéramos quitado algo, incluso los zapatos, nos los habrí­an robado. Y para recuperarlo hubiéramos tenido que pagar una ración de pan.
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