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Encontramos 12 frases sobre Abuela

Mi abuela era noruega. Los noruegos lo saben todo sobre las brujas, porque Noruega, con sus oscuros bosques y sus heladas montañas, es el paí­s de donde vinieron las primeras brujas. " Las brujas " (1983), Roald Dahl
Autor:" Las brujas " (1983) Roald Dahl
(...) Me asusté porque la abuela ignoraba que yo estaba enamorada de un vampiro -nadie lo sabí­a- y no se me ocurrí­a la forma de explicarle el hecho de que los brillantes rayos del sol se quebraran sobre su piel en miles de fragmentos de arco iris, como si estuviera hecho de cristal o de diamante. " Luna nueva " (2006), Stephenie Meyer
Autor:" Luna nueva " (2006) Stephenie Meyer
No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela.
Poco tardó el lobo en llegar a la casa de la abuela. Llamó: ¡Pam! ¡Pam! - ¿Quién va? -Soy vuestra nieta, Caperucita roja -dijo el lobo imitando la voz de la niña. Os traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre os enví­a. La buena de la abuela, que estaba en cama porque se sentí­a indispuesta, contestó gritando: -Tira del cordel y se abrirá el cancel. Así­ lo hizo el lobo y la puerta se abrió. Arrojose encima de la vieja y la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pues hací­a más de tres dí­as que no habí­a comido.
(...) Pensé de repente en que, si el próximo año reciba el premio Nobel, los diarios anunciarí­an en primera plana "Abuela recibe el premio Nobel" y no pude evitarlas carcajadas.
El hecho de ser abuela, me da la certeza de que la paz llegará algún dí­a al Medio Oriente: sé que también hay abuelas en Egipto, Jordania y Siria, que quieren que sus nietos vivan.
¿Sabes, Garfield? Para llegar a ser tan viejo como yo, tienes que estar un poco loco. Si tú lo dices, abuela.... ¿Por qué? Mí­rame a mi, le hablo a los gatos.
¡Oh, Heidi, se hace la luz en mi corazón! ¡Cuánto bien me has hecho! La abuela repitió muchas veces seguidas estas palabras que expresaban su alegrí­a, y Heidi se sintió henchida de felicidad al ver a la abuela de aquel modo. De pronto alguien golpeó la ventana y Heidi vio que su abuelo la llamaba por señas. La niña obedeció en el acto, prometiendo a la abuela volver al dí­a siguiente. La idea de poder alegrar a la abuela y de hacer la luz en su corazón iba a ser desde entonces su mayor felicidad.
Yo conocí­a el sufrimiento de su alma y me compadecí­a de ella. Estaba sola, con las raí­ces colgando en una tierra extraña. No querí­a venir a América, pero mi abuelo no le habí­a dado otra opción. También en los Abruzos habí­a pobreza, pero era una pobreza más dulce que todo el mundo compartí­a, como el pan que se pasa en la mesa. También se compartí­a la muerte, y el dolor, y los buenos momentos, y la aldea de Torricella Peligna era como un único ser humano. Mi abuela era un dedo arrancado a aquel organismo y nada podí­a aliviar su desolación en la nueva vida que llevaba. Era como todos los que habí­an llegado de su rincón de Italia. Unos iban tirando, otros eran ricos, pero de su vida habí­a desaparecido la alegrí­a y el nuevo paí­s era un lugar solitario donde "O sole mio" y "Vuelve a Sorrento" eran canciones tristes.
Alguien me preguntó: ¿Qué es Sumo? Es una pregunta estúpida...Es como preguntar, ¿Qué es tu zapato? ¿Qué carajo respondes? Entonces yo le dije: Sumo es algo que hace tu abuela cuando no tiene nada que pensar.
Mi abuela habí­a sufrido un ataque que la dejó casi totalmente paralí­tica el resto de su vida. En razón de su precario estado de salud, la familia decidió ocultarle el deceso de mi papá, pero mi torpeza se puso de manifiesto cuando repetí­ frente a ella el mismo eufemismo que habí­a usado mi mamá para darme la noticia: "Mi papá ya se fue al cielo". Entonces supe que la parálisis suele ser insuficiente para impedir que ruede una lágrima por la mejilla de quien la padece.
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